Aprender sin oír
Es casi mediodía y Natalia agota las pocas horas que le restan de la jornada escolar atendiendo a las traducciones de Rocío, su intérprete. Natalia Jaén Abad nació el día 2 de abril de 2004, en Sevilla. A los dos meses del nacimiento de Natalia, su madre intuyó la posible sordera de la pequeña al observar que no respondía ante ciertos estímulos auditivos, tales como palmadas, música o fuertes ruidos mientras dormía. “El especialista que la atendió en el hospital diagnosticó que la niña padecía de oídos inmaduros”, su capacidad auditiva aún no se había desarrollado, “algo común en los recién nacidos”, explica María José Abad, madre de la niña. María José es la presidenta de la Asociación Cultural de Integración Sordo Oyente de la capital andaluza (ACISO), lugar en el que conoció a su marido y padre de Natalia, Eduardo Jaén. Eduardo padece de sordera profunda desde la edad temprana de tres años, a consecuencia de la extratomicina, fármaco que le afectó directamente al nervio del oído interno.
El tiempo pasaba y Natalia seguía sin reaccionar a las palabras de su madre. Transcurridos diez meses, vuelven al hospital donde las sospechas de la familia se tornan ciertas. “La doctora nos dijo que Natalia era sorda profunda. Fue entonces cuando me pregunté cómo era posible que, en tan sólo diez meses, mi hija pasara de tener oídos inmaduros a ser sorda profunda…”, comenta María José.
Desde ese mismo momento, la familia de Natalia se vuelca en el aprendizaje de la que será su lengua materna: la lengua de signos. “No sólo le enseñamos la lengua de signos porque fuera sorda. Teníamos claro que la niña tenía que aprender a signar para comunicarse tanto con su padre como con su abuela, ambos sordos profundos”, añade María José.
Así, a los tres años, Natalia entra por primera vez en la guardería “El Trébol”, donde se relaciona con niños de su misma edad. Durante este período, sus padres han costeado una persona especialista en lengua de signos. Se llama Rocío Muñoz y además es pedagoga. “Mi función era estar dentro de la clase con la profesora e ir traduciendo todo en lengua de signos. De esta manera, además de fomentar la integración de Natalia, sus compañeros aprendían a la misma vez que ella la lengua de signos, puesto que me veían a mí signar. Por tanto, la comunicación entre iguales era algo común. Los niños hablaban en lengua de signos y se podían comunicar con Natalia porque en cualquier momento podía faltar yo. Ellos eran su apoyo. Además los profesores también están aprendiendo la lengua de signos ya que han observado que los niños tienen una mayor percepción de las cosas y tienen claro que quieren seguir enseñando el lenguaje signado a sus alumnos”, explica Rocío.
Ahora que Natalia ha empezado la enseñanza obligatoria, sus padres han solicitado a la Administración que se haga cargo del coste del intérprete. “He estado dos años pagando a una persona, ya que no entraba dentro de la enseñanza obligatoria, y ahora no debe correr de mi cuenta. Bien es cierto que es mi deber trabajar con Natalia en casa, y llevarla al logopeda para que continúe con su desarrollo, pero en el colegio tiene que haber una persona que le traduzca todo lo que ocurre en la clase para que la niña no se sienta desubicada. Al ser un colegio concertado, es la Junta de Andalucía la que debe hacerse cargo tanto de los recursos materiales como humanos”, afirma María José y añade que “el problema viene cuando estos recursos no llegan o llegan a medias. Nosotros no queremos que a nuestra hija le den dos horas de apoyo fuera del aula, en las que haga un resumen de la materia dada en el día. De esta manera, lo único que se consigue es que la niña no tenga el mismo desarrollo que los demás compañeros de su clase”.
Amparándose en la Ley 27/2007 de 23 de octubre, en la que se reconocen las diferentes lenguas de signos españolas y se regulan los medios necesarios para el apoyo a la comunicación oral de las personas sordas, con discapacidad auditiva y sordociegas, los padres de Natalia solicitan la lengua de signos como una lengua alternativa necesaria para el desarrollo de su hija.
Ante las insistentes movilizaciones, recogida de firmas, así como peticiones de ayuda al Defensor del Pueblo Andaluz, a diferentes partidos políticos y al movimiento asociativo, la respuesta de la administración ha sido contundente. Si los padres quieren un especialista para su hija, deberá cambiar a un centro público preferente para sordos, a lo que María José alega que en el centro se aplica un lenguaje distinto al utilizado por Natalia, pues “allí utilizan el lenguaje bimodal –transmisión de mensajes a través de signos y sonidos- y mi hija utiliza la lengua de signos. Entre el bimodal y la lengua de signos existen unas diferencias abismales. Sería lo mismo que enseñar el español y el spanglish”.
El padre de Natalia, Eduardo, recuerda su etapa de estudiante copiando los apuntes del compañero porque no entendía al profesor, ni en las clases normales, ni en las de apoyo. “Estoy preocupado por ella y por la situación por la que estamos atravesando ahora mismo, porque no quiero que crezca y le pase lo mismo que me pasaba a mí. Recuerdo que no avanzaba nada en los estudios y no quiero eso para ella. Pretendo que pueda desarrollarse y queremos que pueda seguir estudiando en el mismo colegio con el apoyo que ella necesita y no que vaya al colegio para que le enseñen las respuestas de un examen y las memorice. Además, no sería positivo cambiar a mi hija de un centro en el que se encuentra totalmente integrada y los demás compañeros la ven como un más de la clase, a uno en el que no sabría ni tan siquiera con quien sentarse”, traduce María José los signos de su marido.
Por su parte, desde el centro concertado donde estudia la niña, “El Buen Pastor”, están a favor de la integración de la misma, pero aseguran que con el dinero que reciben de la Administración, no pueden costear un intérprete para ella. “Hay un dinero asignado, un dinero que se gasta en dos personas fundamentalmente: la profesora de integración y la logopeda que se tiene que encargar de los casos más generales. No podemos ampliar más, no existe ese dinero por ninguna parte”, aporta Joaquín Ejea, director del colegio.
Actualmente, Natalia asiste a clases en las mismas aulas que el resto de los niños y sigue el mismo programa. La única diferencia es que para las materias de Lengua Española e Inglés se adaptan los contenidos y los objetivos de las mismas, según su capacidad de comunicación y comprensión. “Mucha gente piensa que no sirve de nada que una niña sorda conozca las poesías de Juan Ramón Jiménez. Mi hija entenderá de un modo u otro los contenidos de esas poesías, pero para su formación son iguales de necesarias que para un niño oyente.”
Como Natalia, de 6 años, en Andalucía hay más de 1.600 alumnos con problemas de audición y sin embargo su situación no es ni mucho menos homogénea. La mayoría de los alumnos, presentan serias dificultades en competencias tales como la lectura o las matemáticas, teniendo serios problemas respecto a aquellos contenidos culturales necesarios que le permitirán su incorporación al mundo social y laboral. “Hay muchas opiniones sobre la total integración de un niño sordo, tanto a favor como en contra. Sin embargo debemos preguntarnos si la adaptación que habitualmente ha solido predominar, apuesta por potenciar las características del sordo o es simplemente una adaptación al entorno en el que vive. Es decir, ¿es el entorno el que se adapta al sordo o el propio sordo el que se adapta al entorno?”, asegura Antonio Márquez Ferrete, fundador del Club Deportivo de Sordos de Sevilla.
Hasta ahora, gracias a su intérprete y profesores, Natalia ha podido avanzar al mismo ritmo que sus compañeros. “El nivel educativo de Natalia ahora mismo es como el de cualquier alumno, ha pasado su etapa infantil sin ningún tipo de problema relacionado a su discapacidad. La única desventaja es que a la hora de hablar, ella nunca ha escuchado como suenan las palabras, no sabe cómo son los sonidos […] es lo único en lo que le tenemos que reforzar. En todo lo demás, avanza igual que el resto de compañeros sin ningún tipo de dificultad, teniendo siempre el apoyo, claro está, del lenguaje de signos”, comenta Patricia Cárdenas, profesora y tutora de Natalia.
Viendo los progresos que su hija ha conseguido gracias a la lengua de signos y al apoyo de sus compañeros, profesores y familiares, los padres de Natalia no ven debilitadas sus fuerzas para seguir luchando por lo que creen: por el futuro de su hija. “Lo único que le pedimos a la Administración es que dote al centro de la persona que ella necesite, que tenga la oportunidad de desarrollarse como los demás. No se trata de una utopía, sino que es un derecho y la propia ley lo marca” concluye María José.
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